La selección mexicana vuelve a caer en una fase de eliminación directa y se queda a las puertas de los tan ansiados Cuartos de Final.
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La expectativa de México por este Mundial de 2026 empezó por los suelos. La convocatoria no terminaba de convencer a la opinión pública y dividió profundamente a las aficiones de la Liga MX, especialmente tras una concentración de un mes previo que desmanteló a clubes como Chivas, Cruz Azul o Toluca en la fase más crítica de la temporada. Incluso el debate sobre los futbolistas naturalizados y la doble nacionalidad fracturó al país; una contradicción hipócrita si se considera que a cualquier extranjero que pisa suelo azteca se le abraza bajo el lema de “Hermano, ya eres mexicano”.
El país, en sí mismo, tampoco respiraba unidad. Las protestas de las madres buscadoras y de la CNTE eran la otra cara de la moneda: manifestaciones plenamente justificadas frente a una realidad nacional violenta e insensible. México nunca estuvo listo para recibir otra Copa del Mundo; ni en lo estructural, ni en lo social, e incluso diría que ni en lo emocional. Sin embargo, el día de la inauguración llegó. Un imponente Estadio Azteca se vistió de gala para recibir, por tercera vez en su historia, la máxima justa del balompié.
La selección sacó una victoria inicial ante una débil Sudáfrica. Aunque el funcionamiento seguía sin convencer, el Mundial ya estaba aquí y su atmósfera era innegable. Con el paso de los días, las calles se inundaron de color: la Ciudad de México se llenó de colombianos y uzbekos; Guadalajara de coreanos y checos; y Monterrey de suecos y tunecinos.
El ambiente mundialista estaba más vivo que nunca. En su segundo compromiso, México enfrentó a Corea en Guadalajara, en un escenario ideal para los “chivahermanos”: un gol de Luis Romo y una soberbia atajada del ‘Tala’ Rangel salvaron al Tricolor. En lo deportivo, las aficiones más grandes del país lograron lo inaudito: unirse. El primer partido fue un escaparate azulcrema y el segundo un idilio rojiblanco.
No obstante, la realidad siempre nos devuelve a la tierra. Si bien la población adoptó el Mundial como un refugio de unidad, también emergieron los peores vicios cívicos: festejos desmedidos que vandalizaron el espacio público y llenaron de basura y olor a orina los rincones de la capital.
Eran los primeros indicios de un descontrol latente. En la cancha, México marchaba con paso firme, ganando el liderato de su sector y asegurando su permanencia en el Estadio Azteca para las rondas de eliminación directa. El país desbordaba ilusión.
La selección llegó al último partido de la fase de grupos con la clasificación en la bolsa, al punto de que una derrota era factible. República Checa necesitaba ganar a como diera lugar, pero ese día el Tri le metió un baile monumental a los europeos, sellando una goleada de 3-0 que los dejó fuera. Por primera vez en la historia, México ganaba sus tres primeros partidos de un Mundial y con la portería imbatida, permitiéndose incluso el lujo de que Javier Aguirre ingresara a Guillermo Ochoa a manera de homenaje.
El país explotó. El Ángel de la Independencia, la Minerva y el Parque Fundidora se convirtieron en epicentros de un júbilo unificado. Pero el golpe de realidad volvió a ser trágico. Individuos sin escrúpulos llevaron la celebración al vandalismo: autos dañados, riñas y, lamentablemente, la muerte. El suceso más oscuro ocurrió en Cabo San Lucas, donde una multitud comenzó a sacudir el coche de un hombre que viajaba con su familia; preso de la desesperación, el conductor aceleró y arrolló a los fanáticos, dejando un muerto en el sitio.
En represalia, la masa bajó al sujeto y lo golpeó brutalmente junto a su familia; días después, él también falleció. Ese día, México perdió más de lo que ganó. Nadie actuó bien, y lo más doloroso fue constatar la profunda insensibilidad del mexicano ante la pérdida humana, como si estuviéramos tan acostumbrados a la violencia que ya la hicimos parte de nuestra identidad.
Para los dieciseisavos de final, el destino deportivo deparó a Ecuador, que venía de ser la segunda mejor selección de la Conmebol. Fuera de la cancha, el partido se encendió en lo social. México suele ser un gran anfitrión, pero esta vez el ambiente se tornó hostil. En redes sociales, algunos hinchas ecuatorianos lanzaron provocaciones con tintes políticos bajo la narrativa de “nos meteremos a su casa como lo hicimos en su embajada”, burlándose de la situación del país.
A esto se sumó el rumor esparcido por influencers de que la Federación Mexicana bloqueaba la venta de boletos para los visitantes, cuando era un tema logístico de la FIFA. La desinformación sembró odio, y la respuesta mexicana no fue mejor: una serenata hostil en el hotel de concentración para no dejar dormir a los sudamericanos, un abucheo ensordecedor a su himno nacional y agresiones directas en las gradas.
En el terreno de juego, México borró por completo a la generación dorada de Ecuador. Se sabía que se podía ganar, pero la superioridad exhibida rebasó cualquier pronóstico. El festejo inundó la República, pero el caos social regresó de inmediato. Bajo una lluvia constante, la Ciudad de México llegó a su límite: el descontrol absoluto cobró la vida de cuatro personas más.
El mexicano rompía sus propios límites otra vez. ¿Por qué el festejo tiene que derivar en tragedia? Quizás sea la falta de límites o la alarmante ausencia de gloria en la vida cotidiana. Ningún país está realmente listo para un Mundial, pero un Mundial sí desnuda el alma de la nación que lo hospeda.
En lo deportivo, el escenario parecía inmejorable para alcanzar el tan anhelado quinto partido, una instancia a la que México no accedía desde que fue anfitrión en 1986, cuando eliminó a Bulgaria con aquel legendario gol de chilena de Manuel Negrete. Inglaterra, la cuna del fútbol, sería el sinodal en el que podría ser el último juego de Copa del Mundo en la historia del Estadio Azteca. Con el Tri enrachado y jugando con el corazón, el guion parecía perfecto.
Sin embargo, el partido terminó pareciéndose demasiado a la idiosincrasia del país: atacar con todo lo que se tiene al rival, pero quedar desprotegidos en una desconcentración defensiva. Donde los de habla inglesa se pusieron al frente. A pesar de que el juego se acomodó para el Tricolor tras una expulsión que dejó a los británicos con diez hombres, y de que se atacó insistentemente, el mal crónico de nuestro fútbol reapareció. El banquillo apostó por los “becados” de la publicidad, aquellos rostros comerciales como Santiago Giménez o Jorge Sánchez. Jugadores sin garra y que eran mas dudas que certezas. México jugó como nunca, pero no la metió; y al final, se perdió como siempre.
Tal vez el problema del país no radica en las piernas, sino en lo mental y en lo colectivo. Históricamente somos una sociedad de entrega, de pasión y de una enorme resiliencia para convivir con el dolor cuando todo marcha mal; esa misma resiliencia nos hace fuertes. El mexicano es tan fuerte que nace donde se le da su ch***ada gana, y un Julián Quiñones nos demostró que la identidad de este país ya trasciende más alla de nacer en territorio o no.
Pero quizás México no está listo para ser campeón del mundo mientras cargue con tantas fracturas internas. El país necesita enfocar sus prioridades en cosas mucho más urgentes y humanas. No nos confundamos: el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes. Pero para trascender en cualquier ámbito, primero hay que estar bien con uno mismo. Si para sentir un destello de gloria necesitamos destruirnos, cabe preguntarse qué ganamos realmente. Si algún día la gloria deportiva llega, espero que nos encuentre en el momento correcto.
Y si sí?
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