Otra vez nos quedamos en el “ya merito”. Otra vez escuchamos el “sí se puede” y otra vez apareció esa sensación que ha acompañado a la Selección Mexicana durante generaciones: ilusionar para volver a quedarse a un paso de hacer historia.
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He escuchado esa historia desde el Mundial de 1986. Después vino 1994 y, desde entonces, cada Copa del Mundo ha tenido una explicación distinta para el mismo desenlace. Un error, una decisión, un rival superior o simplemente la falta de ese último salto que México nunca ha logrado dar.
Hoy no escribo únicamente como periodista, sino también como aficionado. Muchas veces me han llamado pesimista por no creer que la Selección llegará más lejos. Me preguntan por qué nunca apuesto por México y la respuesta es sencilla: porque la historia se ha repetido demasiadas veces.
Y, aun así, debo reconocer que en esta Copa del Mundo sí me ilusioné.
Javier Aguirre logró devolverle identidad al equipo. Futbolistas como Johan Vásquez, Gilberto Mora, Tala Rangel, Raúl Jiménez, Eric Lira y Roberto “Piojo” Alvarado demostraron personalidad, compromiso y un enorme orgullo por vestir la camiseta de México. Hubo varios nombres que dieron un paso al frente y que hicieron pensar que, esta vez sí, podía ser diferente. Sin embargo, la historia volvió a repetirse.
México cayó en el Estadio Ciudad de México ante una afición que, una vez más, creyó que era posible romper esa barrera que nos ha perseguido durante décadas.
Del otro lado estaba una Inglaterra que hizo lo que hacen las grandes selecciones: aprovechar los errores. Apenas transcurrían 99 segundos cuando Jude Bellingham dejó claro por qué es una de las grandes figuras del futbol mundial. Harry Kane y el resto de las figuras inglesas sufrieron por momentos con el ataque mexicano, especialmente por las bandas, donde México generó peligro y mostró variantes ofensivas.
Se jugó bien por lapsos. Incluso mejor que en muchas otras ocasiones. Pero competir no fue suficiente.
Estas son, en mi opinión, las tres razones por las que México volvió a quedarse en el “ya merito”.
La primera fue la visión de Javier Aguirre
La primera fue la decisión de Javier Aguirre de apostar por Edson Álvarez cuando era evidente que no estaba al cien por ciento. Desde que ingresó se le notó fuera de ritmo. Incluso tuvo problemas de coordinación con Johan Vásquez y nunca transmitió la seguridad que normalmente ofrece.
La jugada que terminó marcando el partido nació precisamente de un duelo con Harry Kane, en el que Edson perdió la posición. El balón terminó favoreciendo a Jude Bellingham y la acción derivó en el penal que prácticamente sentenció el encuentro.
En partidos de esta magnitud no existe margen para regalar un solo detalle. Si Edson no fue titular fue precisamente porque no estaba en plenitud física. Apostar por él en ese momento terminó costando muy caro.
La segunda razón fueron los cambios desde el banquillo
Julián Quiñones estaba siendo el futbolista más peligroso de México. Era el hombre diferente, el que podía generar una jugada inesperada y romper líneas. Sin embargo, salió del partido y el equipo perdió profundidad.
Los cambios no modificaron el rumbo del encuentro ni ofrecieron soluciones distintas. Fueron movimientos que mantuvieron la misma idea cuando el partido pedía algo diferente.
También hay que hablar de Gilberto Mora. Tuvo un gran torneo y un futuro brillante por delante, pero este partido le quedó grande. No por falta de talento, sino porque es un joven de apenas 17 años enfrentando a una de las mejores selecciones del mundo. Incluso en las imágenes se percibía la tensión propia de un futbolista que está viviendo un escenario completamente nuevo. Es parte de su proceso y no debe convertirse en un señalamiento, sino en un aprendizaje.

La tercera razón fue la falta de variantes ofensivas
México terminó jugando con Santiago Giménez, Raúl Jiménez y Guillermo Martínez al mismo tiempo. Tres delanteros dentro del área que hicieron muy sencillo el trabajo para la defensa inglesa.
Thomas Tuchel leyó perfectamente el partido. Sus defensores únicamente tuvieron que mantenerse bien posicionados y rechazar todos los centros que llegaban al área.
Por las bandas, Fidalgo, Gallardo y Roberto “Piojo” Alvarado insistieron una y otra vez. El Piojo, incluso, hizo un desgaste enorme cubriendo la banda y ayudando en defensa cuando Jorge Sánchez ya no podía regresar. Eric Lira también tuvo un partido de enorme sacrificio.
Pero al final todo terminaba de la misma manera: centros sin destino, pelotazos al área, más cercanos a un intento desesperado que a una jugada realmente elaborada. Ya no había sorpresa, ya no había variantes y México terminó dependiendo de que algún rebote o algún error rival cambiara la historia.
Así es muy difícil competir contra una selección del nivel de Inglaterra. Otra vez nos quedamos en el “ya merito”.
Sí, esta Selección ilusionó más que muchas otras. Sí, Javier Aguirre logró recuperar parte de la identidad que se había perdido. Y sí, existe una generación de futbolistas que invita a pensar en un mejor futuro.
Pero mientras México siga equivocándose en los momentos decisivos y no encuentre respuestas cuando los partidos cambian de rumbo, la historia seguirá siendo exactamente la misma.
Lo peor no fue la derrota. Lo peor fue que, una vez más, nos hicieron creer. Y una vez más volvimos a caer en la ilusión de pensar que esta vez sí sería diferente.
