Cada una de las confederaciones que integran a la FIFA le representan una oportunidad continua de generar dinero, así que, al margen de su tamaño, todas son importantes, pues son parte de una poderosa maquinaria cuyo poder está por encima de cualquier bandera sin importar del país que se trate.
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En una de sus acostumbradas diatribas, el presidente de Estados Unidos pretendió entrometerse con la logística del Mundial, amenazando con quitarle partidos a ciudades demócratas con la excusa de la inseguridad. El presidente de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y del Caribe (Concacaf), Victor Montagliani, reviró diciendo que el fútbol es más grande que los líderes mundiales y el fútbol sobrevivirá a su régimen y a su gobierno y a sus consignas. Discretamente Infantino le dio un jalón de orejas. De otra forma, no se explica el silencio repentino de Montagliani durante más de cinco meses.
Para una mejor organización de sus 211 asociaciones miembro, la FIFA se subdivide en seis confederaciones que obedecen a criterios geográficos. La Concacaf es una de ellas.
Tras los años de caos producto del FIFAGate que defenestró a personajes de dudosa reputación como el trinitario Jack Warner, la confederación ha encontrado estabilidad y relativa dirección con Victor Montagliani. Él ha demostrado mejor que nadie el negocio; es el alumno estrella de la corporatividad a la Infantino, traduciendo la visión del suizo al lenguaje de stakeholders gubernamentales de Norteamérica.
Montagliani aceptó sin chistar implementar competencias como la Nations League a cambio de crecimiento comercial sin precedentes. ¿El resultado? La Concacaf es una vicerregencia y un laboratorio de gobernanza de Zúrich.
Al sur del continente tenemos a la Conmebol. La Confederación Sudamericana de Fútbol es la más pequeña en cuanto a miembros (10), pero es la mayor exportadora de capital humano talentoso.
Desafortunadamente, el eurocentrismo de Zúrich históricamente ha tratado con desdén a Sudamérica, y el FIFAGate les dio el pretexto perfecto para ello.
Bajo la presidencia del paraguayo Alfredo Domínguez, la región parece estar bajo un desamparo institucional, queda de manifiesto en la desprotección a figuras como Edinson Cavani ante la acusación de racismo de la Premier League. Sin embargo, se notó más con las migajas otorgadas para el Mundial de 2030; aduciendo poca solvencia económica, ¡apenas les concedieron tres partidos! Es insultante el contraste con el trato preferencial para con la Concacaf, y eso lo digo por ser amable.
Del otro lado del Océano Pacífico se encuentra la Confederación Oceánica de Fútbol (OFC), la más débil de este universo. No existe en términos de peso específico en el deporte desde que Australia se marchó a Asia en 2006, aburrida de meter goles ante selecciones semiprofesionales.
Infantino lo sabe bien: trata a sus miembros como seguro de vida electoral. Mientras en Davos es apenas subordinado, en Oceanía Infantino va como benefactor encargado de que fluyan los fondos del programa FIFA Forward para su existencia básica. El trato paternalista no es tácito: les concedió algo tan anhelado como el boleto directo al mundial. Tiene un costo logístico bajo, pero en política asegura una lealtad a muerte.
Ahora pasemos a la confederación más extensa geográficamente, la Confederación Asiática de Fútbol (AFC). Su centro de gravedad es la Península Arábiga. Tras su idilio de más de 10 años con Qatar, Infantino ha pivoteado su atención a Arabia Saudita, concediéndole el Mundial de 2034; por si fuera poco, su presidente es de Baréin: Salman bin Ibrahim Al Khalifa.
Para la FIFA, la AFC es su fondo de inversión, quien permite que el dinero fluya interna y externamente. En este esquema, el este del continente (en especial con potencias como Japón), sale sobrando en influencia política. Para la FIFA actual, los petrodólares sobrepasan los goles.
Regresado a bloques electorales, nos tenemos que desplazar a la Confederación Africana (CAF). Quienes estamos familiarizados con la política del fútbol lo sabemos: “Quien controla África, controla el congreso”.
Para entender esta efectividad, necesitamos mencionar a dos hombres clave. El primero es el sudafricano Patrice Motsepe (el octavo hombre más rico del continente), el megáfono de los dictados de Infantino.
El segundo es el marroquí Fouzi Lekjaa, su mano derecha y quien garantiza por lo menos campos de juego con estándares de calidad aceptables.
El binomio Motsepe-Lekjaa garantiza un bloque leal a cambio de infraestructura. Esta subordinación tiene efectos secundarios: la Copa Africana de Naciones pase de torneo bianual a celebrarse cada cuatro años ha cedido ante las presiones europeas para no interferir con el calendario de clubes.
Para el final he dejado a Europa. La UEFA es la Meca del desarrollo y la fuente de mayores ganancias económicas a través de las principales cinco ligas y la Champions League.
Definitivamente, es el único bloque capaz de contraponerse a Infantino. Más que rencillas personales con el presidente Aleksander Čeferin, presenciamos una guerra entre el fútbol de clubes y el de selecciones. Es la pelea por el calendario, las quejas por lesiones en amistosos y la saturación de los espacios libres ahora con el Mundial de Clubes.
En este tablero global de Risk, la FIFA ha dejado de ser un organismo deportivo para transformarse en un Estado supranacional sin territorio fijo, pero con embajadas en cada continente. La pelota es hoy el vehículo de una diplomacia extractiva que anexa lealtades y silencia disidencias. Sin embargo, para entender la expansión de Infantino, primero hay que entender el vacío de poder que dejó la caída de la vieja cúpula en 2015. Más que funeral, el FIFA Gate fue una transferencia de poder.
Sebastián Alarcón es periodista y comentarista deportivo especializado en geopolítica, sociedad, cultura e historia.
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