A veces el fútbol no se trata de jugar bonito, sino de sobrevivir. Y lo que se vivió hoy en California, en el triunfo por 1-0 ante Turquía, fue básicamente un tratado sobre cómo resistir cuando todo, absolutamente todo, parece estar en contra.
Poniendo las cosas en perspectiva
Si revisamos la historia mundialista paraguaya, siempre se ha sufrido:
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Francia 98: Aquel partido contra Francia donde el “Gol de Oro” cortó el sueño a minutos de los penales. Fue agónico, pero el contexto era distinto.
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Sudáfrica 2010: Los duelos contra Japón y España fueron tensos, tácticos, sin emabrgo, ahí, al menos, se matuvo el equilibrio numérico durante casi todo el tiempo.
Lo de hoy, en cambio, tiene un matiz diferente. No recuerdo haber visto a una selección paraguaya ceder el 79% de la posesión y aguantar un asedio de 33 remates mientras se jugaba con uno menos durante toda la segunda mitad.
Un partido diferente al resto
Lo que hace que este partido sea, posiblemente, el más sufrido de la historia paraguaya, no es solo el resultado, sino el cómo:
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La superioridad numérica del rival: Jugar un tiempo completo con 10 hombres contra un equipo europeo desesperado no es poca cosa.
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La ley Prestianni: La expulsión de Almirón por esa nueva regla de “taparse la boca” fue un golpe psicológico duro. Dejó descolocados y obligó al equipo paraguayo a encerrarse en su propia área de una manera que pocas veces se ha visto.
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La estadística como evidencia: Cuando ves los números al final (11 tiros de esquina en contra, 0 a favor), te das cuenta de que el resultado fue un milagro defensivo.
¿Se sufre para ganar?
La gran diferencia con otros sufrimientos del pasado es que hoy, contra todo pronóstico, el resultado estuvo del lado paraguayo. En otras ocasiones, el “ADN albirrojo” los dejó con las manos vacías tras el esfuerzo épico. Hoy, esa misma resiliencia les dio tres puntos que los mantienen con vida.
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