La Premier League lleva años vendiéndose como el mejor producto del fútbol mundial. Pero el arranque de 2026 dejó otra postal: la liga también es el gran laboratorio del capital estadounidense, con dueños que aterrizan con billetera, métricas… y una paciencia cada vez más corta. Las salidas recientes de Rubén Amorim y Enzo Maresca reflejan “la poca paciencia” de propietarios de EE. UU. en clubes gigantes y un golpe de realidad para el fútbol inglés.
La pregunta que se repite en Inglaterra (y que ya se escucha fuerte entre la audiencia hispana en EE. UU.) no es si el dinero ha llegado, eso es evidente, sino si ese dinero se está administrando bien para un club de fútbol, donde la identidad, el vestuario y el proceso pesan tanto como el balance financiero.
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La “paciencia cero”: cuando el banquillo paga la factura
El caso de Manchester United volvió a ser el símbolo: Amorim fue despedido y el club sumó otro capítulo a su carrusel de entrenadores desde la salida de Sir Alex Ferguson. El caso del United es uno en el que está atrapado en una crisis que se recicla, con cambios constantes y una estructura que no termina de estabilizarse. Siempre vuelve al mismo lugar de fracaso.
El trasfondo es el que alimenta la crítica: mucho gasto, poca coherencia deportiva. En el Financial Times recuerdan que, desde 2013, United ha invertido más de £2 mil millones en fichajes sin recuperar su dominio. Por ejemplo, un dato que enciende alarmas en cualquier hinchada: la deuda neta del club superó los $1.000 millones tras nuevas obligaciones relacionadas con reclutamiento y finanzas.
En Chelsea, el patrón es igual de ruidoso. El despido de Maresca, y el movimiento inmediato para reconfigurar el banquillo, se lee como otro episodio de una era marcada por decisiones rápidas. Y lo más pesado es el contexto del gasto: un reporte de UEFA citado por Reuters señaló que Chelsea armó el plantel más caro de la historia en Europa, con costos de fichajes que alcanzan €1.656 mil millones.
El “modelo franquicia” y el choque cultural con Inglaterra
Aquí entra lo estructural: la Premier ya es, en números, una liga con fuerte sello estadounidense. ESPN reportó que en 2025 11 de los 20 clubes eran mayoritariamente propiedad de grupos o inversionistas de EE. UU. Esa masa crítica cambia el clima: ya no es una excepción; es una corriente.
La crítica, la que los hinchas formulan en pubs, radios y redes, suele resumirse así: algunos dueños llegan pensando en optimizar, recortar riesgos y escalar el activo, pero el fútbol europeo castiga cuando se subestima lo esencial: construir proyecto deportivo, sostener procesos y entender la cultura del club. El resultado es el que hoy irrita a muchos: cambios de entrenador como “solución”, mercados de fichajes a golpes y una identidad que se vuelve líquida.
Incluso el modelo multi-club (muy de capital moderno) ya generó fricción: las tensiones por la estructura de BlueCo (Chelsea y Strasbourg), un ejemplo de cómo la lógica corporativa puede chocar con comunidades futboleras tradicionales.
¿Son “malos” los dueños estadounidenses? La respuesta incómoda
No todos los proyectos con capital de EE. UU. son iguales, y el propio debate lo admite: hay gestiones más estables y otras más caóticas. Pero lo que hoy alimenta el juicio duro (“han sido malos para la Premier”) es un patrón visible en los gigantes bajo crisis: gasto récord + poca paciencia + decisiones que parecen de corto plazo.
En otras palabras: en la Premier no basta con “invertir”. Los hinchas quieren ver cómo se invierte, con qué idea, con qué entrenador y con qué plan. Porque cuando el club se gestiona como una franquicia, el que paga la factura emocional —y deportiva— suele ser el de siempre: el aficionado.