Por: Farid Barquet Climent
El aura triunfal que al fútbol español le granjeó el buen nombre internacional del Real Madrid gracias a los títulos europeos conseguidos por el equipo merengue en la segunda mitad de la década de los 50’s, contrastó durante varios años con el pobre rendimiento de su selección nacional.
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España acudió al Mundial celebrado hace 60 años en Inglaterra sólo para despedirse en primera ronda: perdió dos de sus tres partidos de Fase de Grupos y sólo obtuvo una victoria sobre la modesta Suiza. No clasificó ni a la edición de México 70 ni a Alemania 74. “La Furia” reapareció en Copas del Mundo hasta la edición de 1978.
Del Mundial disputado en Argentina los españoles recuerdan con amargura el fallo de Julio Cardeñosa a boca de portería, ya sin portero, en el juego contra Brasil.
Una salvada sobre la línea de meta del defensor paulista Amaral —que después vendría a México a retirarse en las filas de los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara (UdeG)— le frustró la anotación al delantero vallisoletano.
Jugador clave para que España consiguiera la clasificación a ese Mundial por haberle dado el pase a Rubén Cano —argentino de nacimiento que militaba en el Atlético de Madrid— para que marcara el tanto que valió el boleto mundialista en el partido conocido como la ‘Batalla de Belgrado’ ante la selección de Yugoslavia, Cardeñosa tuvo varios segundos para asegurar el tanto que habría supuesto la victoria española sobre los entonces tricampeones mundiales.
Sin embargo, el zurdo del Betis no alzó la vista y por eso no advirtió la presencia de Amaral, que le tapó el débil disparo salido de su pierna izquierda.
Cuatro años después España fue sede de la Copa del Mundo, pero su actuación fue desmerecedora.
El equipo dirigido por el hispano-uruguayo José Emilio Santamaría fracasó estentóreamente. Sus resultados distaron muchísimo del optimismo que generado la víspera del torneo.
En el séptimo de los números especiales que con motivo del certamen publicó la revista Don Balón, la redacción de ese semanario subrayó en su página editorial que la buena marcha de “La Roja” en partidos de preparación celebrados a finales de 1981 debía interpretarse como “síntoma alentador”.
No obstante, los buenos augurios de Don Balón no se cumplieron. España superó la Primera Fase, pero con mucha dificultad. Apenas pudo empatar con Honduras gracias a un penalti, cayó ante Irlanda y fue la remontada ante Yugoslavia la que le dio el pase, pero sólo para perder ante Alemania Federal y empatar con Inglaterra, par de resultados que la dejaron fuera de su mundial.
Ya con la “Quinta del Buitre” como base de su alineación, España arribó al certamen de México 86, donde injustamente perdió contra Brasil su primer partido, encuentro que le robaron a la oncena ibérica al no concederle un gol legítimo a Míchel derivado de un disparo que, luego de estrellarse en el travesaño, picó adentro de la portería amazónica.
Después de ese traspié inicial con cargo al árbitro, España acabó por redondear una magnífica exhibición en Querétaro al golear en Octavos de Final a la revelación del torneo: la Dinamarca de Preben Elkjaer Larsen, a la que Emilio Butragueño le marcó cuatro tantos sobre la cancha del Estadio Corregidora.
Infortunadamente para su causa, en la siguiente etapa España sucumbió ante Bélgica en serie de penaltis.
Así que, poner a España en las quinielas como candidato al título es cosa reciente.
En Italia 90, al calor sofocante de Verona, la selección ibérica cayó en Octavos de Final ante una Yugoslavia que tuvo en esa victoria su última en mundiales antes de abismarse en la guerra que la desintegró.
Posteriormente, en Estados Unidos 94 el codazo de Mauro Tassotti a Luis Enrique cercenó con sangre —literalmente— las esperanzas españolas y España terminó eliminada en Cuartos de Final ubicándose en el octavo puesto.
Después, en Francia 98, no pudo salir avante siquiera de su grupo merced a una derrota ante Nigeria y a un inesperado empate ante el Paraguay de la defensa impenetrable comandada por su arquero, José Luis Chilavert.
En 2002, España fue víctima del descarado robo del árbitro gandul Al Ghandour, que anuló contra toda evidencia un gol legítimo de Fernando Morientes para favorecer a la coanfitriona Corea a fin de que se instalara en Semifinales.
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Cuatro años más tarde, en Alemania 2006, la selección francesa de Zidane, postrera subcampeona, le puso fin a otro intento más del representativo español de trascender y la eliminó en Octavos de Final.
Hasta que, por fin, en 2010, el historial mundialista de España, almanaque de historias sin final feliz que se antojaba interminable, dejó de sumar un nuevo capítulo a su saga.
Fue en Johannesburgo, Sudáfrica, la noche del 11 de julio, cuando a falta de sólo cuatro minutos de terminar la prórroga de la Final de la Copa del Mundo, Andrés Iniesta se vio sólo frente al portero holandés Maarten Stekelenburg y con el Jabulani —el esférico sin costuras, polémico por saltarín, comparado por algunos con una pelota playera, que rodó en las canchas del país de Mandela hace dieciséis veranos— por entero a su merced.
En ese instante, en palabras de Iniesta, “se para todo. Solo estamos yo y el balón. Es difícil escuchar el silencio, pero yo en ese momento escuché el silencio”.
Ese silencio sólo fue capaz de romperlo el grito de Iniesta y de 46 y medio millones de españoles que celebraron la primera ocasión en que su selección varonil ganó un Mundial, grito que, con epicentro de East Rutherford, Nueva Jersey, se repitió recién el pasado domingo gracias al gol del valenciano Ferran Torres.
Dolores Franco publicó en 1980 un libro donde compiló ensayos en los que los clásicos de la literatura española —desde Cervantes, pasando por Larra, Pérez Galdós y Unamuno hasta Ortega y Gasset— se preguntan qué es España y qué es ser español.
A esa antología, la esposa del filósofo Julián Marías y madre del escritor Javier Marías —hincha del Real Madrid que dedicó no pocos de sus artículos periodísticos a la selección española— la intituló España como preocupación. Porque, para ella, el declive del esplendor cultural de la España imperial se transformó, poco a poco, en “preocupación por el ser mismo de España, enigmático en sus destellos y en sus opacidades”.
La historia de España —afirma— “ha sido cegadora, cegadora de luz o de sombras”. Y así ha sido también la historia de su futbol, que tras décadas sumida en las sombras hoy se llena de luz: sus selecciones femenil y varonil son actualmente y en simultáneo campeonas del mundo.
Nota.- Farid Barquet Climent es un abogado, escritor, columnista y profesor universitario mexicano, reconocido por entrelazar el análisis del fútbol con la política, la historia y la literatura
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