En pleno Black History Month, el episodio de racismo vivido por Vinicius Jr. en la Champions League, la semana pasada, volvió a exponer una herida que el fútbol europeo nunca terminó de cerrar. Los insultos desde la grada no sorprendieron por su existencia, sino por lo que ocurrió después ya que, esta vez, el silencio no fue la salida. La reacción del jugador, la respuesta pública y la conversación que se generó marcaron una diferencia clara con el pasado.
Durante años, el mensaje hacia los futbolistas afro fue simple y cruel, se limitaba a aguantar, no exagerar y no romper el espectáculo. Vinicius hoy representa a una generación que ya no acepta ese guión. Señalar, denunciar y visibilizar el abuso dejó de ser visto como un problema de conducta y empezó a entenderse como una postura legítima dentro del juego. Aunque aún las voces de escudo por las “provocaciones” siguen en el relato.
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De normalizar el abuso a visibilizarlo
Lo ocurrido en la Champions se inscribe en una historia larga. El fútbol europeo convivió durante décadas con cánticos racistas tratados como “ambiente hostil” o “folclore de estadio”. El jugador afectado era quien debía mantener la compostura, mientras las sanciones rara vez pasaban de lo simbólico. Vinicius rompió ese pacto implícito al negarse a aceptar el abuso como parte del espectáculo.
La diferencia hoy es que ya no está solo. Compañeros, clubes, exjugadores y figuras públicas reaccionan casi en tiempo real. El foco ya no está en si el futbolista “provocó”, sino en por qué el entorno sigue permitiendo que estos episodios se repitan. Ese cambio de eje es uno de los avances más claros.
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El peso de la respuesta pública
Vinicius entendió algo clave en la era actual: el silencio ya no protege. Denunciar incomoda, obliga a posicionarse y expone las grietas del sistema. En un torneo como la Champions, donde la imagen de excelencia es central, estos casos revelan que el problema es estructural y no anecdótico.