Black History Month no es solo un ejercicio de memoria ni un calendario de homenajes. En el deporte, funciona como un espejo incómodo que obliga a mirar qué tanto ha cambiado el sistema y qué cosas, pese al paso del tiempo, siguen resistiéndose. Este febrero dejó claro que el juego ya no es el mismo, pero tampoco es todavía el que muchos creen que debería ser.
Cambió la forma de responder. Hoy, atletas negros ya no cargan solos con el peso del abuso ni aceptan el silencio como precio de la profesionalidad. Casos recientes (como el de Vinicius Jr. en la Champions) muestran un deporte donde denunciar dejó de ser un acto aislado para convertirse en una postura colectiva. También cambió el poder: más entrenadores, ejecutivos y empresarios negros ocupan espacios de decisión, transformando estructuras que durante décadas fueron inaccesibles.
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Pero hay cosas que siguen incomodando porque no han cambiado lo suficiente. El racismo no desapareció; se volvió más visible. Las respuestas institucionales siguen siendo lentas, reactivas y, muchas veces, simbólicas. El discurso de inclusión convive con prácticas que aún protegen al sistema antes que a las personas. El deporte avanza, sí, pero a un ritmo que no siempre coincide con la urgencia del problema.
Las luchas que marcaron la historia negra en el deporte abrieron caminos que hoy recorren atletas latinos, afro-latinos y nuevas generaciones que entienden el juego como algo más que competencia. Entienden el deporte como plataforma, voz y espacio de representación, porque alguien antes se negó a aceptar las reglas tal como estaban escritas.
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Black History Month se termina en el calendario, pero no en la realidad. El deporte cambió porque fue empujado a hacerlo, y todavía incomoda porque sigue siendo un reflejo de la sociedad que lo consume. Recordarlo no es cerrar un mes: es dejar abierta la conversación.