Hablar de Amanda Nunes es hablar de poder en un territorio históricamente masculino. No solo por lo que ganó, sino por cómo lo ganó, siempre imponiendo presencia en la jaula, en el vestidor y, sobre todo, en la conversación. La brasileña se convirtió en un estándar de grandeza en la UFC, hasta el punto de retirarse como campeona y con una hoja de ruta que pocas carreras pueden igualar.
Lo que muchos no conocen de Amanda está en el origen de su marca: “The Lioness”. No nació como un apodo publicitario, sino como un código de supervivencia. Hace algunos años se conoció que se lo pusieron cuando era la única mujer en su primer gimnasio, cuyo logo tenía dos leones; el nombre se quedó y ella lo hizo permanente incluso con un tatuaje. Ese detalle la retrata completa ya que Nunes no pidió permiso para estar ahí, simplemente se ganó el espacio y lo convirtió en identidad.
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En lo deportivo, la UFC la resume con una frase que pesa: fue la primera mujer en convertirse en campeona de dos divisiones y sostener ambos títulos al mismo tiempo (bantamweight y featherweight). Ese logro no es simplemente una estadística bonita, lo que cuenta es que dominó dos categorías, con estilos y físicas distintas, en una compañía que vende “lo mejor contra lo mejor”.
Y su salida también fue una declaración de autoridad. Tras defender el título en UFC 289, Nunes anunció su retiro; la propia UFC lo trató como el adiós de una leyenda, y todos los medios y fans destacaron que se fue “en la cima”, con la particularidad de hacerlo como doble campeona vigente.
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En el Mes de la Mujer, las deportistas más famosas con historias poco contadas también tienen un lugar y Amanda Nunes encaja perfecto porque su grandeza no empieza en la noche del cinturón, empieza en ese gimnasio donde era la única mujer. De ahí para adelante, todo fue una consecuencia: pelear, dominar y terminar convirtiéndose en una de las figuras más determinantes de la era moderna de la UFC.