La polémica del partido entre Benfica y Real Madrid, por la ida del playoff de la Champions League, dejó una conclusión inesperada que ya se está discutiendo y sería la posibilidad de una “Ley Prestianni”, una medida para sancionar a los futbolistas que se cubren la boca (con la mano o la camiseta) al insultar a un rival. Esto con el fin de evitar que ese tipo de conductas queden impunes o sean imposibles de probar, tal y como se teme con el tema Vinicius y su denuncia en medio del juego en mención. Ya que a pesar de que UEFA activó una investigación de oficio, será casi imposible determinar si fue cierto o no.
El debate en las redes sociales ya está encendido ya que hay quienes afirman que cuando un jugador se tapa la boca, la lectura suele ser que quiere ocultar lo que dice. Y en un fútbol cada vez más presionado para combatir el racismo, la pregunta ya no es solo “qué se dijo”, sino “por qué se busca impedir que quede registro”.
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En ese contexto, Mikaël Silvestre, integrante del FIFA Players’ Voice Panel, explicó que se está evaluando cómo castigar esa conducta cuando se utiliza para encubrir abuso verbal, abriendo la puerta a una norma específica que funcione como disuasión. La idea no sería prohibir que un jugador se cubra la boca en general (porque también se usa para hablar de táctica), sino tipificar el gesto cuando esté ligado a un altercado: discusiones cara a cara, provocaciones o momentos donde el árbitro ya está interviniendo.
El reto es cómo se prueba y cómo se aplica sin convertirlo en una cacería arbitraria. Si la sanción depende sólo de interpretación, abre espacio a polémicas; si depende de audio o lectura labial, aparecen límites técnicos y legales; y si se aplica de manera automática, puede afectar conversaciones tácticas legítimas. Sin embargo, el contexto empuja a hacer algo más que los castigos duros por insultos racistas, que no pasan de sanciones largas en tiempo.
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En el fondo, la “Ley Prestianni” buscaría sancionar a quienes se cubren la boca al hablarle al rival, ya que a pesar de que lleva años rondando en el debate europeo, el episodio de esta semana la puso otra vez en primer plano, ahora con nombres propios y presión mediática real. Si prospera, sería un cambio cultural: menos espacio para el “lo dije pero no hay cómo probarlo” y más responsabilidad visible en el campo.